pliegue
hay una trampa
una playa.
Con el segundo
un castillo
un puente de arena.
Al tercero
surge el sol
calores en la piel
un pedazo azul de cielo.
Con el cuarto
pliegue
se extiende
el camino sinuoso
de los días y las noches
de la mesa del bar
y el sudor de vasos y botellas
un vientecito
llevándose las servilletas de papel
fumando humo
de nuestros cigarros…
Con el quinto puede decirse
que la vista es panorámica
un balcón estrecho
y largo
precisamente
para recorrerlo en la oscuridad
igual a un tren que conduce al pasado
a un olor específico
pero inhallable.
Al sexto pliegue
las cosas se complican
parte de la ciudad
se derrumba hacia el horizonte
como la cola
de un lagarto estremecido.
Las luces tiemblan
las copas hacen ruido al chocar.
En el sexto “A”
brindan
en el “C” quieren dormir
en el “F” alguien sentado al inodoro lee.
Al séptimo
pliegue
cae el vestido
una joven desnuda
se acerca al ventanal
(la veo desde el balcón de enfrente)
despega y apoya sus labios
balanceándose
sobre un vidrio helado.
Alrededor de sus
pezones
hay
una aurora empañada.
Al octavo
suenan las campanas
que llaman a seguir.
Un sendero insomne
detenido en el desayuno.
Ojos pegados
que parpadean
y reconocen proyección
un reborde más allá
de los límites supuestos.
Al filo
de esta realidad
cuelga una lágrima
una idea en la cuerda floja
y una cueva y fuego
y sombras.
Y tal vez
el siguiente pliegue
sea el último.
Mar que regresa las orillas
abismo de libro
que se abre
para ver
-allí-
un lector
haciendo equilibrio
dando forma a la nausea.