11.3.26

MI ÚLTIMA DUQUESA


Esa pintada ahí es mi última duquesa;

parece que estuviera viva… ¡Considero esa

obra una maravilla! Fray Pandolfo, apremiado,

trabajó con esmero, y ahí ve usted el resultado.

¿Quiere sentarse un rato a mirarla? Nombré

a propósito a Fray Pandolfo porque sé

que al ver mis invitados la expresión retratada,

la hondura y la pasión en su honesta mirada,

se dan vuelta hacia mí (como bien se imagina

nadie que no sea yo descorre esta cortina)

como si pretendieran, de atreverse conmigo,

preguntar sobre el brillo del retrato. Le digo,

no es usted el primero… y que el tierno rubor

no es la mera presencia de su esposo y señor;

Pandolfo se atrevió quizá a decir: “El manto

vela así la hermosura de la muñeca” o “Cuánto

lamento que no pueda el arte hacer justicia

al modo en que el matiz de la luz acaricia

el cuello de la dama…”. Eso era un inocente

cumplido, creería ella, motivo suficiente

para encenderse así. Ella era demasiado

–¿cómo decirlo?– fácil de contentar; su estado

normal era el asombro; cualquier cosa que viera

la dejaba admirada… ¡Señor, como si fuera

todo igual de valioso!: mis regalos, la huida

de la luz al ocaso, la rama florecida

que arrancó para ella un bruto en el jardín,

la mula blanca en la que se paseaba… En fin,

todo esto que le digo, cada una de estas cosas

hubiera suscitado palabras elogiosas

o su rubor al menos. Ella le agradecía

a cualquiera –y está bien, pero parecía

que igualaba los siglos de alcurnia de mi nombre

a cualquier otro don… ¿y cómo puede un hombre

como yo rebajarse a marcar nimiedades

de ese tipo? Aun si uno tuviera habilidades

–que por cierto no tengo– en el arte retórico

para poder decir de modo categórico

a alguien así “eso estuvo muy bien; eso otro, mal;

en esto faltó un poco, aquello es lo ideal…”,

y aun si ella se dejara aleccionar en todo,

sin pretensión, igual sería en cierto modo

rebajarme. Y yo no me rebajo jamás.

Me sonreía, sí… ¿pero a quién no, además?

La cuestión empeoraba. Di instrucciones precisas.

Y entonces se apagaron de golpe las sonrisas.

Ahí está, como si siguiera viva… ¿Vamos?

Abajo nos esperan. Respecto a lo que hablamos,

le repito: la célebre y probada largueza

de su señor el Conde brinda plena certeza

de que no habrá problemas de dote, aunque obviamente

su preciosa hija en sí es lo que tengo en mente,

como dije al principio… No; bajemos mejor

juntos… Repare en ese Neptuno en su esplendor

domando a un hipocampo, fundido en bronce, ahí,

una rareza… ¡Lo hizo Clauss de Innsbruck para mí!

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